sábado, 26 de abril de 2014

La revancha del tiempo

Tengo un amigo sociólogo que ejerce como tal en su tiempo libre, un vocacional que investiga la naturaleza humana con la dedicación de un antropólogo que viviera entre tribus de la selva africana o aborígenes del Pacífico aislados de la civilización.
Se supone que lo suyo, su profesión, es estudiar al ser humano en sociedad y sacar conclusiones, pero si alguien osa acotar su campo responderá de inmediato, con torva mirada y gesto desafiante: “¿Acaso hay algún ser humano en completa soledad?”. Seguramente añadirá una larga cambiada, un adorno a su toreo estatuario del tipo “No hay individuos realmente, sino diferentes estados del ser, distintos modos de estar”. Y luego puede acabar con un plante, una media verónica que le permita salir airoso, mirando a la afición y de espaldas al morlaco del tema: “Las estadísticas siempre engañan”.
            Así que el maestro viene a verme para desfogarse un rato. A mí me ve casi como a un individuo, por aquello de que salgo poco, trabajo en casa, vivo solo y firmo mis trabajos. Sabe bien que soy un seguidor acérrimo de su arte, un fanático de su inteligencia, que le jaleo y escucho interrumpiendo poco. Me utiliza además como pared de frontón para su empedernido vicio de sacar conclusiones, que no estadísticas, sobre esa naturaleza humana que no deja de sorprendernos y maravillarnos a ninguno de los dos. A veces, incluso, me deja participar y me convierto en el contertulio socrático a fuerza de mayéutica (la habilidad de la partera, con la que el amigo Sócrates se refería socarronamente a su técnica de diálogos al límite para llegar a la Verdad, el Bien y la Belleza). No sólo reboto para su diestro antebrazo voleas difíciles y reveses espeluznantes, sino que acabo “pariendo” conclusiones yo también, aunque más literarias. Que es lo que en realidad anda buscando.
            Y así hemos llegado a este concepto de “la revancha del tiempo”. Bello, sinuoso y enigmático hasta que se explica. Veamos si lo logro.
            Dice el magister, apeado de estadísticas y tópicos de pan llevar, que está empezando a conocer a compañeros nuestros –compartimos generación que agota la cincuentena, por eso tal vez me busca con ahínco- que están ya jubilados. Unos porque son algo mayores que nosotros y ya les ha llegado. Otros porque les llegó prematuramente. Y observa, sin necesidad de microscopio ni arduos estudios comparativos, que gran parte de ellos son una especie novedosa, o poco contemplada en todo caso. No se deprimen ni se aburren. La mayoría es, por fin, quien quiso ser de adolescente. Unos, arqueólogos aficionados que van a excavaciones, entran en foros y no se pierden descubrimiento. Otros, poetas, que escuchan el susurro del viento y escriben estremecidos con la voz del trueno. También los hay pintores naturalmente, o quien se dedica con fruición al crochet o la cerámica.
Pero ninguno habla de su pasado, de lo que fue durante casi cuatro décadas.
            “Normal”, le digo. Son aquellos que, presurosos, hicieron oposiciones en los años 70. Lábrate un porvenir, les dijeron, y vaya si se lo labraron. Con el arado al cuello durante más de treinta años. Se dejaron de revoluciones, contraculturas, hipismos y aventuras. A los 24, funcionario/a. Lo han llevado lo mejor que han podido, muchos han tenido hijos que la mayoría ya no conserva en casa. Y ahora la gente está más despejada, añado convencido. Ya no les entretiene tanto contemplar el trabajo de las obras públicas, que además de aburridísimas son cada vez más escasas.
            “Cállate -me dice- Eres un lerdo. Se trata de una liberación ¿no lo comprendes? Es un potencial tremendo, termonuclear, a ver si me entiendes. Imagina lo que podrían hacer con toda su experiencia y conocimiento humanos. Alumbrarían este mundo sombrío, qué digo, siniestro. Lo inimaginable, la revolución de la conciencia, lo único que podría salvar al mundo”.
            Me quedo callado. Sé que necesita mi conclusión literaria. Una liberación conceptual con aroma literario, un apósito astringente a su particular estallido termonuclear. Pienso en algún un juego de palabras que conjure la angustia. Trato de elaborar la metáfora que le devuelva a la paradoja de la existencia humana. Pero antes de que mi lado ingenieril de palabras consiga construir una frase conveniente, me oigo a mí mismo afirmar algo con nostalgia. Como si el filósofo que todos llevamos dentro se hubiera impuesto él solo, por encima de cualquier otra consideración.
            “Es la revancha del tiempo”, digo sin ni siquiera mirarlo.

“Sí, eso es”, me contempla aliviado. “Una oportunidad para apostar de nuevo”.

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